Modulo1_KHEIRON_ES
11 Mantener lamotivación yestrategias de empoderamiento Una de las responsabilidades principales de quien mentoriza es mantener a su mentorizado motivado y gradualmente empoderarlo para que tome las riendas de su propio desarrollo. Esto implica proveer apoyo, ánimo y también ir fomentando la independencia del aprendiz. A continuación, veremos algunas estrategias efectivas de motivación y empoderamiento en la mentoría intergeneracional: Crear un entorno de apoyo y confianza: Quien ejerce la mentoría debe actuar como un refuerzo positivo para la persona mentorizada, celebrando sus logros, por pequeños que sean, y estando presente también en los momentos más difíciles. Mostrar empatía y practicar la escucha activa, asumiendo el rol de persona absorbente dentro de la mentoría, contribuye a que quien aprende se sienta valorada y comprendida. Esta relación de confianza es la base para que la persona mentorizada se abra, comparta sus retos y mantenga alta la motivación. Una persona mentorizada motivada es aquella que siente que la persona mentora cree genuinamente en ella. Por ello, resulta clave validar sus esfuerzos y reconocer sus fortalezas, no solo los resultados finales. La validación es una herramienta especialmente poderosa: al poner en valor el progreso y el esfuerzo, por ejemplo, “has trabajado muy duro este mes; se nota tu mejora, aunque el examen aún no haya salido perfecto”, la persona mentora refuerza la autoestima y las ganas de seguir intentándolo. Una persona mentora que ofrece apoyo constante y reconoce el valor de la persona mentorizada consigue que esta se sienta más segura a la hora de afrontar desafíos y asumir riesgos para seguir creciendo. Esto empodera a la persona joven, al percibir que cuenta con una red de apoyo emocional que la sostiene. Fomentar la autonomía y el papel activo de la persona mentorizada: Una buena persona mentora no busca crear dependencia, sino todo lo contrario: aspira a que, con el tiempo, la persona mentorizada pueda “volar sola”. Para ello, en lugar de ofrecer todas las respuestas, enseña cómo encontrarlas. Esto se logra acompañando, pero no dirigiendo. Algunas tácticas para lograrlo son: formular preguntas que inviten al pensamiento crítico en lugar de limitarse a dar soluciones (el rol de quien cuestiona, que reta a la persona mentorizada a reflexionar); proponer pequeñas tareas o decisiones para que sea la propia persona mentorizada quien las tome (por ejemplo, investigar distintas opciones de cursos y debatirlas conjuntamente); y recordar siempre que las metas pertenecen a la persona mentorizada, no a la persona mentora. Una estrategia especialmente efectiva es asumir el rol de señaladora de recursos: la persona mentora identifica oportunidades, muestra herramientas o presenta contactos, pero es la persona mentorizada quien decide si quiere aprovecharlos. Al señalar recursos y facilitar el acceso a su red, la persona mentora abre puertas y, al mismo tiempo, anima a que sea la persona joven quien las cruce por iniciativa propia, fomentando así su independencia y empoderamiento. Por ejemplo, una persona mentora en un entorno rural puede decir: “He hablado con la persona veterinaria de la comarca y está dispuesta a que le acompañes un día. Si te interesa la veterinaria, ¿por qué no le llamas tú y coordinas una cita?”. Este tipo de acciones impulsa suavemente a la persona joven fuera de su zona de confort, haciéndola protagonista de su propio proceso de crecimiento. Establecer desafíos graduales (el rol de Retador): Para mantener la motivación, también resulta útil que la persona mentora asuma en algunos momentos un papel de reto constructivo. Esto implica proponer metas ligeramente más ambiciosas de lo que la persona mentorizada cree poder alcanzar, o invitarla a salir de su zona de confort mediante tareas exigentes, pero realistas y alcanzables. El objetivo es que la persona mentorizada descubra que es capaz de más de lo que pensaba y que superar obstáculos complejos refuerza su autoconfianza. Este proceso debe realizarse siempre desde el equilibrio: la persona mentora necesita conocer bien a quien acompaña para no generar sensación de sobrecarga. Cada logro que requiere esfuerzo, como intervenir en una reunión vecinal o completar un proyecto especialmente exigente, supone un fuerte impulso motivacional. Cuando el desafío está bien dosificado, actúa como motor del crecimiento personal, ya que la incomodidad inicial se transforma en satisfacción y empoderamiento al comprobar los avances y resultados alcanzados. Enseñar a aprender de los fracasos: La motivación puede disminuir ante situaciones de frustración. En estos casos, la persona mentora puede intervenir como activadora de una actitud resiliente. Una estrategia clave consiste en reinterpretar los fracasos como oportunidades de aprendizaje. Cuando algo no sale como se esperaba, por ejemplo un examen no superado o una entrevista de trabajo fallida, resulta útil analizar de manera conjunta qué se ha aprendido y qué aspectos pueden mejorarse, en lugar de percibirlo como un resultado definitivo. La persona mentora también puede compartir sus propias experiencias de dificultad y cómo logró superarlas, mostrando que equivocarse es algo normal y forma parte del proceso de aprendizaje. Este enfoque ayuda a reducir el miedo al error y anima a la persona mentorizada a perseverar. Transmitir una mentalidad de crecimiento, entendida como la idea de “todavía no lo he conseguido, pero con esfuerzo puedo lograrlo”, contribuye a mantener la motivación a largo plazo. La mentoría empodera cuando consigue que la persona joven interiorice que tiene capacidad para mejorar por sí misma y que los errores no la definen, sino que se convierten en una fuente de aprendizaje y fortalecimiento personal. Delegar progresivamente el liderazgo al mentorado: A medida que avanza la relación de mentoría, una señal clara de éxito es que la persona mentorizada asuma un papel cada vez más activo. Por ejemplo, al inicio es habitual que la persona mentora dirija las sesiones y proponga las tareas; con el tiempo, la persona mentorizada puede ser quien prepare la agenda de cada encuentro, plantee preguntas concretas o incluso oriente parte de la conversación. Este cambio en la dinámica indica que se siente empoderada para autogestionar su propio desarrollo. Una persona mentora consciente de su rol irá cediendo espacio de forma progresiva, pasando de guía a acompañante y, finalmente, a observadora satisfecha del proceso. El objetivo final es que la persona mentorizada ya no necesite a la persona mentora, porque ha adquirido las herramientas, los contactos y la confianza necesarios para continuar creciendo de manera autónoma. Cuando se alcanza este punto, ambas partes pueden celebrar el éxito de una mentoría que realmente ha motivado y empoderado a la persona joven. Introducción a la Mentoría Social Intergeneracional
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